Es un viejo argumento. También se utilizó para caracterizar otras relaciones económicas de Cuba con países latinoamericanos y, antes de eso, para describir de manera simplista sus vínculos comerciales con los países socialistas.
En cuanto al caso venezolano, la idea de "regalo" ignora la naturaleza del vínculo bilateral establecido a comienzos de siglo. Hugo Chávez y Fidel Castro suscribieron el Convenio Integral de Cooperación en el año 2000, en un contexto de profunda reorganización geopolítica regional. El acuerdo estableció un marco de cooperación económica que incluía el suministro de petróleo venezolano y la prestación de servicios y asistencia técnica cubanos. No se trataba, por tanto, de una transferencia unilateral de activos sin obligaciones para la parte receptora.
El convenio estableció inicialmente un suministro de hasta 53 mil barriles diarios de petróleo y derivados. El documento contemplaba mecanismos específicos de financiamiento para las operaciones, incluidos plazos prolongados, períodos de gracia y una tasa de interés preferencial del dos por ciento. El precio de los hidrocarburos se vinculaba a referencias del mercado internacional. Por ello, describir el mecanismo simplemente como "petróleo regalado" borra precisamente aquellos elementos contractuales que permitían entender cómo funcionaba la relación.
Esto no significa, sin embargo, que se tratara de una compraventa convencional en condiciones estrictamente comerciales. El suministro venezolano incorporó condiciones financieras preferenciales y, con el desarrollo de la cooperación bilateral, un importante componente de subsidio energético. La relación económica entre ambos países fue mucho más compleja que una simple operación de compraventa: combinó petróleo, crédito, inversión, cooperación estatal y exportación de servicios profesionales cubanos.
La dimensión de los servicios fue especialmente importante. Cuba proporcionó a Venezuela médicos, personal sanitario, especialistas y asistencia técnica dentro de programas sociales impulsados por el gobierno de Hugo Chávez. El caso de Barrio Adentro constituye probablemente el ejemplo más conocido de aquella cooperación. El intercambio entre ambos países debe entenderse, por tanto, dentro de una arquitectura económica más amplia, en la que los flujos energéticos formaban parte de un conjunto de relaciones bilaterales y no de una sucesión de donaciones unilaterales. Solo quienes consideren que la atención médica, la educación, la formación deportiva o la cultura no valen nada por el hecho de no estar cotizadas en el mercado mundial al estilo del petróleo, las tierras raras o el diamante, pueden deliberadamente decir que solo Venezuela aportaba algo en esa relación.
Por otro lado, al contrario de la prestación de servicios cubanos, el volumen de los envíos petroleros estuvo lejos de permanecer constante. Durante los años de mayor intensidad de la cooperación energética, Venezuela llegó a enviar a Cuba más de 100 mil barriles diarios de crudo y productos petroleros. La magnitud de estos flujos convirtió a Venezuela en el principal proveedor energético de la isla y creó una elevada dependencia de la capacidad productiva venezolana ciertamente. La cooperación energética estuvo acompañada además por proyectos de infraestructura. Entre ellos destacó la rehabilitación de la refinería de Cienfuegos, desarrollada mediante una empresa mixta cubano-venezolana. El proyecto formó parte de la expansión de los vínculos energéticos entre ambos Estados y de la estrategia de integración económica impulsada durante aquellos años.
Sin embargo, la crisis venezolana modificó radicalmente este escenario. El desplome de la producción petrolera venezolana redujo progresivamente la capacidad de Caracas para sostener los volúmenes de suministro que habían caracterizado la década anterior. A partir de una fecha tan temprana como 2012 los envíos hacia Cuba comenzaron a disminuir, y hacia finales de esa década la isla tuvo que enfrentar una creciente vulnerabilidad energética.
Los datos recientes muestran con claridad que en los últimos años esto se aceleró. Según estimaciones basadas en movimientos de buques y documentos de PDVSA, Venezuela envió a Cuba unos 56 mil barriles diarios en 2023. En 2024, el promedio descendió a aproximadamente 32 mil barriles diarios. Durante determinados meses posteriores se registraron niveles todavía menores, llegando en algún momento a unos ocho mil barriles diarios.
La transformación de Venezuela también modificó las condiciones económicas de la relación. La crisis de PDVSA y la necesidad de obtener ingresos líquidos llevaron a Caracas a orientar una proporción creciente de sus exportaciones hacia mercados capaces de generar divisas. China adquirió una importancia particularmente grande dentro de esta estrategia. En ese contexto, mantener los antiguos esquemas preferenciales de suministro a Cuba se volvió materialmente más difícil.
El nuevo escenario energético venezolano se desarrolla ahora bajo una relación cada vez más estrecha con Washington. El acuerdo petrolero anunciado en 2026 entre el gobierno venezolano y Estados Unidos contempla inversiones, explotación de campos y una reestructuración de la relación energética bilateral. Al mismo tiempo, la política estadounidense hacia Cuba ha buscado restringir el suministro de petróleo venezolano a la isla. El discurso del gobierno yanqui al respecto usa precisamente de coartada la trama del regalo petrolero. Trump a inicios de año insistía en que Cuba vivía de Venezuela y que ahora ya no podría seguir viviendo. Marco Rubio, artífice principal de la política de máxima presión sobre Cuba responde a cada cuestionamiento al bloqueo petrolero con la mentira de que no existe bloqueo petrolero alguno, sino que todo se trata de que Cuba solo consumía petróleo gratuito venezolano y ahora eso se había terminado.
Decir que Venezuela "regaló petróleo a Cuba durante veinte años" es parte de un andamiaje discursivo orientado a validar el estado de sitio impuesto a la isla. Un andamiaje que caracteriza por su mendacidad. En la relación entre Cuba y Venezuela hubo petróleo suministrado en condiciones preferenciales, hubo financiamiento concesional y hubo un componente importante de subsidio. Pero también existieron contratos, obligaciones financieras, cooperación económica, servicios profesionales, inversiones y mecanismos de intercambio entre dos Estados soberanos que buscaban un horizonte alternativo de desarrollo, y que durante un tiempo lo lograron.
Que aquel modelo haya terminado profundizando —o al menos reproduciendo— esa vulnerabilidad estructural de la economía cubana que es la dependencia de la importación de combustibles fósiles, es otra cuestión. La crisis de producción de PDVSA demostró los límites materiales de esa dependencia y contribuyó a la crisis energética y económica posterior de Cuba. Pero el fracaso o agotamiento de un modelo de integración no transforma retrospectivamente sus operaciones en "regalos". Tal ajuste de cuentas no es otra cosa que oportunismo.
